Hoy seré breve, una vez más voy a contrarreloj.
Realmente, sólo quiero dejar constancia de una cosa, ayer, al regresar del trabajo, pasé de nuevo por el parque.
En él sólo se veía el color, el verde fluorescente de las farolas de este país, un verde que cubre la ciudad como una inmensa nube. La primera vez que lo ví fue a través de una fotografía que se hizo sin querer a un rascacielos de Shinjuku, cristal opaco... luego me fui dando cuenta que en cada parque, en cada anochecer, a pesar del rojo de las luces de freno y del cielo acuchillado todo se volvía de color verde, verde informático, pálido sobre la bruma.

Me han contando historias, leyendas urbanas, de cómo te envenena, te domina y dejas de sentirte libre. Los más ancianos de Sasazuka narran en las noches, como en la que encontré aquella foto, cómo la niebla verde ganó a los antiguos dioses.
Sentado en el ático del hotel veo de nuevo al fondo los rascacielos, los neones, la vida. Me da lástima que Reiko esté tan sola. Con sus tacones naranjas, encerrados en una fotografía, enterrada en un parque de Hatagaya.
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