Me encuentro en uno de esos restaurantes de barrio, típicos de la zona, mi vista no podía ser mejor, unos enormes bloques de hormigón que crecen en altura poco a poco, dormitorios de trabajadores.
La noche pasada fui invitado a cenar por un viejo conocido, Jauve Miller, un hombre de negocios, con todas las letras, de ascendencia haitiana. Ha prometido dejarse caer por la Keio algún día. También acudieron Raskal y Dirham, ya os hablare de él, otro día. Era un bar de Jazz bastante recomendable, con actuaciones en vivo, me recordó a algo, no se el qué. Allí sonaba una canción de Meiko Kaji que desconocía por completo y me quedé embobado mirando a la mujer que cantaba. La canción era esta. Cuando llegué a casa me puse a escribir cosas sin sentido, eran las cinco de la mañana, pero me encontraba en estado de shock:
"Tokyo despierta, ennegrecido por la bruma del tráfico matinal. Nadie espera nada nuevo. Visto desde cualquier ángulo, el cielo rezuma azul, pero la ciudad se esconde en negro. Viste vergüenza por lo que ocurrió la noche anterior, yo vi al asesino, pero nadie me cree. Yo vi a la libélula, encerrada en la habitación amarilla. Suena su voz, una vez más, nuevas canciones desde mil novecientos setenta y cinco, creo que merece la pena olvidarse de todo por un tiempo, los estados de carga triangular pueden esperar unas canciones, deja que Rumi cante, deja que cante de nuevo esas canciones, mientras bebemos en blanco y negro y el ocre trepa por las paredes.
Amanece insoportablemente rápido, los cristales de los hoteles de lujo hacen de desperatador, y ella se levanta, bajo una estela ennegrecida de ciudad metrópolis, de color de Tokyo, yo no se levitar, pero lo intento.
Sabemos que una guitarra no puede curar tus heridas, ni que la última frase a mediodía tiene demasiado sentido... Gracias... Sólo me queda verla, mirando por encima del hombro, a ese que nunca supo quererla.
Caminando por un suburbio de esta metrópolis sientes como el mundo despega a siete grados de profundidad, a siete centímetros de aire que nunca llora, a siete almas maltratadas. Las calles están vacías, arañadas lentamente por los rayos del sol, obligadas a escupir gente trajeada que huye sin prisa hacia un lugar mejor, esperando el meteorito que nunca termina de llegar. En el centro los trenes aterrizan a siete grados de profesionalidad y se ven las miradas perdidas de ciento veinte amigos desterrados... ¿Porqué no podré escribir miserias en paz?, inalterable, intento pintar retratos, y me salen obscenos bocetos de un oscuro reflejo de la sociedad, intenta camuflarse en esa ciudad que asegura ser metrópolis, que asegura no tener límites, que asegura ser la mejor. Una ciudad no de cadáveres, una ciudad de autómatas de baterías recargables, consumidores de electricidad, de juguetes deshechables y rotos.
Siento que todo deja de tener sentido cuando ella se sienta sobre la cama, lo que pienso deja de ser importante, y el mundo avanza un poco. El día huele a mojado, no por la lluvia, por el sudor de la ciudad, las cañerías liberan todo el calor nocturno y la insomne locura que por la noche ciega el alcohol y el sexo, el día huele a bebidas con taurina en una máquina expendedora, para poder resucitar. Miles de sillas de ruedas adaptables y de teclados sin Kanjis se reencuentran con sus dueños, miles de jefes se peinan ante el espejo de la sala de juntas, todos a la vez, sonriendo falsamente algunos, sonriendo a secas, sin saber porqué, la mayoría. La televisión comienza a emitir basura consumible una vez más, estoy seguro, terriblemente convencido, que es la basura de mejor calidad del mundo, digna de exponerse en la tate modern y tener esculturas mirándola, pero a mi se me revuelve el estómago al verte color blanco, color naranja, color negro, y pensar que esa imagen asegura saber cómo llamar la atención. El hotel nunca será de lujo, el vestido no puede llevar diamantes, pero no los necesitas, porque los tendrás.
Sólo puedo continuar tras descubrir que no es sólo Meiko Kaji interpretada por la joven Rumi, es también la música, dependen de demasiadas cosas, yo cada día pienso en regresar al cabo, a mi retiro espiritual, donde esa mujer me abandonó tras haberme dado esperanzas, después de haberme seguido a través de áfrica. No quiero pensar en más, porque acabo llegando al dolor, acabo olvidando cual era el motivo de este relato, o reflexión, y qué es lo que hago escribiendo en este Tokyo, que no es el que yo fabriqué. Soy terriblemente débil a las drogas electrónicas..."
Ahora lo leo y soy incapaz de reconocerme... probablemente las incluya en el libro de Japan Tales que estoy intentando terminar. Raskal probablemente haga la portada, lo estuvimos hablando aquella noche.
Me sigue obsesionando el pseudónimo, necesito uno urgentemente.
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